Ayer volviendo de Frankfurt retrasaron mi vuelo 3 horas, para mí eran tres horas perdidas en un aeropuerto. Para mi compañero de vuelo eran 3 horas más en el exilio tras 33 años en el exilio.
Mi compañero de vuelo se llamaba Pinochet y es chileno.
Llamarse Pinochet seguramente lo libró de algo peor que el exilio, pero lo evitó ser detenido 6 días después del golpe de estado por ser un estudiante con ideas propias que apoyaba a un gobierno democraticamente elegido en su reforma agraria.
Como estudiante de agronomia creía en una reforma del campo que el gobierno quería llevar a cabo. Seis días despues un compañero de clase, de los otros lo delató, lo delató por formar parte de una democracia viva. Aquella que está viva gracias a que los ciudadanos se implican y hacen política desde la base. Una democracia está viva cuando los ciudadanos no sólo votan por un gobierno sin que hacen vivir las reformas que han elegido.
Podemos elegir que queremos acabar con la violencia de género, con las agresiones racistas, etc... Podemos tener las mejores leyes del mundo que sino acompañamos a la policía a aquella vecina que quiere dejar de aparecer por urgencias a horas intempestivas de nada sirve.
Eso es lo que hacían estos estudiantes de agronomia, y por eso fueron detenidos, juzgados y condenados. Los golpistas se inventaron unos cargos de terrorismo, requisaron unas armas que nunca existieron. Algunos que no tuvieron la suerte de estar lejanamente emparentados con el dictador desaparecieron.
La gente suele decir que bien está lo que bien acaba, pero no creo que nadie le pueda devolver 33 años a una persona.
A Juan Carlos lo expulsaron de su país después de dos años de cárcel, con un pasaporte de naciones unidas aterrizó en un aeropuerto extranjero, un país que lo acogía, del que nada sabía, no conocía la lengua, no tenía ningún conocido, su familia y sus amigos estaban a 15.000 km, las llamadas telefónica transatlánticas costaban una fortuna. Se vió solo en un aeropuerto y esperó a que un alma caritativa lo recogiera.
Ahora vuelve, casi jubilado, al país que le vió nacer, que le encerró, lo expulsó como un maldito. Vuelve a un país que apenas conoce, su amigos, familia no son los mismos, algunos han muerto
Es la desgracia del refugiado político, te pasas media vida supirando por volver y si lo consigues no vuelves al mismo lugar.
lunes, noviembre 24, 2008
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